lunes, 19 de febrero de 2007

Visita a Palmasola

Resumen de capítulos anteriores (abarca sólo el periplo en Bolivia):
12 noviembre, 2006: La Licenciada Peredo. Conocí a la Licenciada Peredo en el avión de Santiago de Chile a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Ella manejaba una cadena de farmacias de su familia. En el viaje me percaté del efecto que el clima del trópico tiene en la firmeza de carnes de las hembras cruceñas, aserto que se vio confirmado en la Lcda., pese a su voluminosa estampa. Luego de nuestro arribo a Sta. Cruz, me invitó a un karaoke, donde departí con otros tres varones que la acompañaban.
16 noviembre, 2006: El Crimen. Invitado a un karaoke por la Lcda., compartí mesa con sus otros tres invitados. Uno de ellos era su socio y pariente, el Licenciado Peredo; el otro, el Dr. Justiniano, químico farmacéutico y miembro, al igual que ella, del Directorio de la Asociación Farmacéutica. Por último, un tipo que parecía ser un amigo aventajado de la Lcda., que se presentó como Dr. Vaca Díez, cirujano plástico. Éramos cuatro varones, sentados a la mesa presidida y dirigida por la Lcda. Peredo. Esa noche compartí auto y lecho con ella, en ese orden, desde que me llevó rauda a un motel que ella eligió. Fuimos despertados al día siguiente por un policía, quien nos informó que el Dr. Vaca Díez estaba muerto.
La Lcda. quedó detenida.
09 diciembre, 2006: Buscando Ayuda. Visité esa misma mañana a la Lcda. en la Policía Técnica Judicial (PTJ). Justiniano se apellidaba el fiscal a cargo de la investigación. Un policía me entregó un papel, "de parte de la Licenciada", me dijo. Su texto era el siguiente: "El maletín del Dr. Vaca Díez está en la baulera de mi auto. Si no podés, por favor buscá un especialista".
Recuperé el maletín, cuyo contenido no me llamó la atención: eran sólo implementos de médico.
Busqué ayuda y me acordé de Alberto Santoro, amigo argentino hoy convertido en investigador privado. Le telefoneé a Buenos Aires y lo convencí de ayudarme. No quiso hablar de honorarios y emprendió viaje a Santa Cruz.
10 diciembre, 2006: El Maletín. El Licenciado Adulón (ver capítulos antiguos) me invitó esa misma noche a unos tragos. Acepté. Luego, de madrugada, en lamentable estado, fui devuelto a mi hotel. Desperté y encontré colillas de cigarrillo con marcas de lápiz labial. Lo que no hallé fue el maletín del Dr. Vaca Díez.
Acudí a declarar, citado por el fiscal Justiniano. Me enteré que el Dr. Vaca Díez fue ultimado con un escalpelo.
17 diciembre, 2006: Mi Amigo el Policía. A la salida de la fiscalía, fui secuestrado por un policía que ya conocía y por sus cómplices. Querían indagar si yo tenía el maletín, pero una llamada les informó que "el Dr. Justiniano" ya tenía el maletín, sin mencionar si se trataba del fiscal o del acompañante homónimo de la Lcda., a quien había conocido en el karaoke. Supe que, efectivamente, habían sustraído el maletín desde mi hotel. Quisieron eliminarme para no dejar testigos. Zafé.
01 enero, 2007: Llegada de Alberto. Luego de mi huida, llegué casi puntualmente al aeropuerto a recoger a Alberto. Comprobé que estaba ciego.
14 enero, 2007: Alberto Santoro, Investigador Privado. Alberto sugirió visitar de inmediato a la Lcda., quien estaba detenida en la cárcel de Palmasola, descartando que ello fuera peligroso, siempre y cuando actuáramos rápido.
Descripción de la cárcel de Palmasola: inmenso recinto compuesto por un muro perimetral, cuya mayoría de habitaciones ha sido construida por los propios internos. Un código de honor mantiene el orden en su interior. Sus cuartos y departamentos se venden libremente y disponen de servicios básicos. Con el auge del narcotráfico aparecieron viviendas de buena calidad y muchas comodidades. La Lcda. alquiló una de estas viviendas.

Ahora sí:


VISITA A PALMASOLA

Alberto y yo traspusimos la pesada reja del Penal y esperamos en vano que alguien nos condujera a alguna sala de visitas, que nos diera alguna instrucción. Pregunté a un aseador y me dio señas; "pregunte en la entrada", fue lo que dijo, señalando una aglomeración o mancha urbana a unos cien metros de distancia. En efecto, cruzamos un descampado hasta unas construcciones precarias. "¿A quién busca, doctor?", fue la frase de bienvenida de varios sujetos que por ahí transitaban, maestros de ceremonia mal vestidos aunque conscientes de su utilidad, exhibiendo por anticipado el orgullo de un trabajo bien hecho.

Buscamos a la Licenciada Peredo dije a uno de ellos, cuyo rostro parecía incapaz de mala intención.

Peredo, déjeme ver dijo el tipo, mientras examinaba una grasienta libretita. Es por acá; síganme los señores.

Nuestro guía nos condujo por unos laberintos, a medio camino entre pasillos y callejuelas, en un trayecto que duró varios minutos. Innumerable era el gentío, algunos laboriosos, otros matando el rato, sentados en el suelo o en pequeñas banquetas jugando damas o a las cartas, todos mezclados en un hábitat
peculiar que reunía a ambos o más sexos. También había niños y niñas. Una ONG europea financiaba dos pequeñas aulas que, según indicaba un letrerito y bajo el rótulo de "escuela", albergaba en ese instante a los hijos de los presos. En algún momento pregunté si estos niños tenían la libertad de salir del recinto, de ir, quizá, a alguna escuela extramuros, de visitar familiares. Alguien respondió que no, que sus padres no consentían en ello porque afuera estaba lleno de peligros. De hecho, muchos de sus progenitores tenían grandes cuentas que arreglar con gente afuera, lo que de algún modo ponía en peligro la seguridad de sus vástagos.

Aquí es dijo nuestro guía junto a una puerta recién pintada, una casita de una sola planta. Pulsé un timbre y pronto la puerta dejó ver la voluminosa y ansiada figura de la Licenciada. Vestía una túnica anaranjada y fue inevitable fundirnos en un abrazo, que pronto dio paso a besos cuyo mutuo ardor me sorprendió. Sabía que Alberto no nos veía, pero por pudor mitigué el sonido de nuestras bocas. Un ciego, pensé con obviedad, no dispone del recurso consistente en mirar distraídamente a un costado para evitar asistir a semejante espectáculo, pero de alguna manera mi amigo "fingía" mirar hacia el lado, lo que me permitió abandonarme ahora sin remilgos al gran abrazo de la Licenciada, que me recordó, con todo lo tierno y bizarro que ello envolvía, al gigantesco oso panda de peluche que me acompañó en mi niñez. Entretanto, observé cómo Alberto sacaba unas monedas de su bolsillo y, tasándolas con el índice de la otra mano, se las daba a nuestro guía.

Pasadas las presentaciones, Alberto preguntó a la Lcda. derechamente por el contenido del maletín.


No lo sé respondió. Es más, no recuerdo que el Dr. Justiniano haya llegado con un maletín al karaoke; talvez lo tuvo siempre en su movilidad(*).

Pero, por qué Ud. me pidió hacerme cargo del dichoso maletín? dije un poco molesto, al tiempo que me puse de pie. Es más, ¿acaso no pidió Ud. a un policía que me diera un mensaje, mientras estaba detenida en la oficina del fiscal?

Indagué en todos mis bolsillos, esta vez a fondo, y di con el papelito. Leí: "El maletín del Dr. Vaca Díez está en la baulera de mi auto".

Yo no he escrito eso dijo la Lcda.

Alberto pidió el papel y lo examinó. Lo palpó, sería correcto decir. Lo olió.


Sí, Eleuterio, la Lcda. dice algo cierto. El trazo de la escritura fue hecho con fuerza y dejó un surco en el papel. Es letra de hombre. Quien escribió esto usó una birome(**) Bic y fuma. Llevaba varias horas de fumar sin lavarse las manos. Pall Mall, me parece. El olor a nicotina está impregnado en el borde derecho del papel, por lo que asumo que éste fue sujetado con la mano de ese lado al momento de escribir y entonces se trata de un zurdo.

Bueno dije sorprendido, Bic y Pall Mall son marcas muy comunes aquí. Lo de "zurdo" creo que puede sernos de utilidad.

Inevitablemente, miré la marca de la cajetilla de cigarrillos que la Lcda. fumaba, puesta encima de una mesita. No era Pall Mall. Alberto no necesitaba verla, de seguro ya la había olido.


La Lcda. se levantó a preparar café. La seguí. Desde la cocina, pude ver cómo Alberto palpaba el crucigrama de la Lcda., a medio completar, puesto junto a los cigarrillos; y podría asegurar que cuando lo acercó a su rostro no fue por ver sino para oler. Quise preguntar a la Lcda. más sobre el Dr. Vaca Díez, pero me respondió con un beso. Intenté varias veces hablarle, pero era una fiera en celo, hábil de manos y labios. Ahora sí, la ceguera de Alberto me fue útil. Regresé con ella a sentarme, en el mismo estado de ignorancia que tenía hacía unos minutos, aunque mucho más agitado, sudoroso de feromonas. Alberto inspiró y sonrió.


Es hora de irnos dijo Alberto. Se puso de pie, abrió la puerta y se dispuso a salir. Se volteó. Si llega a saber algo sobre el contenido del maletín, mándenos avisar agregó.

Nuestro guía aún estaba en las cercanías y nos recondujo hasta la entrada. El policía de guardia hizo un ademán de despedida y fue entonces cuando se acercó un oficial de mayor graduación.


Sé que ha tenido problemas y puedo ayudarlo dijo de entrada. La gente que tiene el maletín no ha encontrado lo que buscaba, y quien lo tenga, corre peligro. Esto no es para Ud., doctor, no se meta en estas peleas que son para campeones. Tome mi tarjeta me alargó un cartoncito arrugado, me llama si necesita algo.

No atiné, no quise decirle que ya estaba cansado de negar mi participación en el asunto. Talvez ya era hora de que me involucrara. Ya salíamos cuando avisté en las afueras el auto de ventanas polarizadas en que viajaban mis captores. Una de las ventanas estaba baja y vi un par de cabezas en su interior. Me aterré. Describí el cuadro a mi amigo.


Volvamos a entrar dijo Alberto. Ubicó rápidamente al oficial con quien estábamos hacía unos momentos y le dijo algo que no alcancé a oír. El oficial rió. Alberto le siguió hablando y el uniformado lanzó una carcajada franca y sacudió la cabeza. Se acercaron.

Está bien me dijo el oficial. Si la extraña tanto, puede quedarse por esta noche con la Licenciada. Creo que también tiene un cuarto adicional, donde puede quedarse su amigo.

Continuará...

(*) auto, coche; (**) bolígrafo.

domingo, 14 de enero de 2007

Alberto Santoro, Investigador Privado


Alberto reconoció mi voz, o tal vez escuchó atentamente mis pasos, y me abrazó efusivamente. Yo, sorprendido, no quise preguntarle. Fue él quien abordó el asunto.

-Hará cuatro años que ya no veo. Me sometí a una operación, sin éxito.

No supe qué contestar.

-Por lo que escuché en el avión- cambió de tema, haciéndose cargo de mi incómoda sorpresa-, parece que el Dr. Vaca Díez era bien conocido. A nadie le resulta indiferente su muerte. Dicen que no tenía enemigos, pero luego oí que tenía mucha suerte con las mujeres. Hasta escuché que en una ocasión se fugó al Brasil con la esposa de otro. También tuvo líos con una sudafricana. No descartaría que todo eso tenga que ver con el crimen, pero habría que ver cómo cuadra la desaparición de su maletín.

Me pidió que le leyera lo publicado ese día. Compré El Deber y lo repasamos en las afueras del edificio, bajo un árbol de los estacionamientos. Quedó al tanto. Le conté también que la Licenciada Peredo ya estaba a esa hora formalizada por homicidio, que fui interrogado y luego plagiado. También le dije que había policías que sabían de mi presencia en el aeropuerto. Le conté que me buscaron en mi hotel, con un supuesto mensaje de la Licenciada, pidiéndome visitarla en la cárcel de Palmasola.

-Cuánto hace que hablaste con esos policías?- inquirió.

-Hará una hora, algo más, no sé.

-Bien. Vamos de inmediato a ver a la Licenciada- ordenó.

-Pero...

-Sabiendo que estás asustado, nadie pensará que vas a ir ahora. Tenemos tiempo.

La cárcel de Palmasola es un inmenso recinto amurallado, del tamaño de cualquier ciudad medieval. Se asemeja mucho a una de ellas desde el exterior. También en el interior. Parece que hubo en su construcción algún desorden presupuestario, porque el sitio albergaba en sus inicios escasas construcciones, siendo la mayor parte del terreno un eriazo seco, herido de zanjas y socavones, se diría a propósito para esconder a algún fugitivo. También había algunas canchas de fútbol, con arcos y deslindes imaginarios. Al poco tiempo de su inauguración, quedó excedida la escasa capacidad de sus instalaciones y los nuevos reclusos tuvieron que construir ellos mismos sus albergues, con material de desecho, ramas, lo que fuera. Cuando llegaba algún guapo, obligaba a alguno menos avisado a abandonar su habitación y dejarle su precaria construcción en exclusividad. Con el auge del narcotráfico también llegó gente de buen pasar. Fueron estos los que iniciaron una revolución inmobiliaria y se diría hasta urbanística al interior del penal. Al día de hoy, existen numerosas construcciones, todas hechas por los propios internos, que incluyen departamentos individuales con todas las comodidades, incluido sauna y sala de billar. Circulan sin limitaciones todo tipo de licores y mercaderías. Han aparecido callejuelas y esquinas, y hasta pequeños comercios de víveres. En la actualidad dicen que hay TV cable e internet, y que la falta de espacio impone la construcción en altura, existiendo algunos edificios de departamentos de hasta cuatro plantas. Me consta que cuando algún jefe termina de cumplir su condena, no abandona pura y simplemente su residencia, sino que la vende y se hace pagar. Si el comprador no paga, compromete a su familia y parientes extramuros. Para mayor seguridad, he visto y juro que no había bebido, títulos de dominio de estas viviendas inscritos en la Oficina de Derechos Reales (propiedad inmobiliaria). En aquella época, sin embargo, no había construcciones de más de una planta y la Licenciada había alquilado un departamento cómodo, con servicios básicos que me resulta imposible decir cómo se conseguían: electricidad, agua, teléfono e incluso gas. La presencia policial era escasa y se limitaba al personal de guardia en la entrada y al de las torretas de vigilancia. En el interior de esta ciudadela, un código de honor imponía orden y disciplina y quien atentaba contra la mantención de estos beneficios era arrojado sin trámites al barrio antiguo, compuesto por los pocos barracones que el estado construyó y que siempre estaban atestados.

Eran casi las cuatro de la tarde y Alberto y yo nos presentamos en la puerta del penal. Con increíble expedición nos permitieron el ingreso, marcándonos el antebrazo con una especie de tinta. Después sabríamos que lo difícil no era entrar, sino salir.

miércoles, 10 de enero de 2007

Vacantes Laborales para el colega Oliveira

Me dirijo en esta ocasión a mi amigo y colega, el Sr. Oliveira, ávido de encontrar un puesto en el Servicio Consular (Véase "Averiguaciones para el Colega Oliveira").


"Apreciado y distinguido Sr. Oliveira: El Principado de Sealand, pese a tener escasas relaciones con el exterior, es una plaza inexplotada, consularmente hablando; y, se diría, hasta inexplorada.

Me explico.


Su Carisma el Príncipe Roy, aquejado de una mala salud que podemos achacar a las penosas condiciones de vida en su modesto hábitat principesco, ha nombrado príncipe regente a su hijo Michael, quien acaricia la idea de vender el principado. Esto ha alarmado a Su Carisma. Las principales fuentes de ingreso de su microestado son, al día de hoy, la venta de sellos postales y la actividad bancaria: el principado ofrece domiciliar en su territorio a compañías urgidas por zafar del acoso tributario o fiscal de estados más poderosos. Quiere desbancar en esto a las Islas Cayman y a las Islas del Canal (Channel Islands). El escaso terreno disponible no es óbice para esta promisoria veta, desde que no se ofrece un domicilio físico, sino meramente una casilla postal, que parece ser suficiente para el objetivo fiscal perseguido, sobretodo en la tradición británica de mirar para el lado ("fucking side watch", en el lenguaje coloquial del barrio de los barracones de la planta baja del Principado).

Antiguamente, que en la corta vida del Principado quiere decir unos diez años atrás, el boom vino de la mano de la emigración de chinos de Hong Kong, cuando el gobierno británico se negó a otorgar pasaporte a sus súbditos locales al tiempo de devolver aquella ciudad estado al gobierno chino. Pues bien, el Principesco Ministro de Asuntos Exteriores, en aquella ocasión, ideó un negocio incuestionable: a todo aquel honkonés que jurara lealtad y fidelidad a Su Carisma el Príncipe Roy, se le otorgaría pasaporte del Principado, el que, se esperaba, sería admitido en algún momento en la Unión Europea. Este juramento podía expresarse por vía epistolar, por e-mail y aun tácitamente, siempre y cuando el interesado depositare el importe solicitado en la cuenta bancaria señalada al efecto. El problema o, más bien, uno de los problemas fue que el Sr. Ministro, por error, indicó los datos de su propia cuenta bancaria y no los del Principado, tan escaso hoy como entonces de las preciadas divisas que el mundo le retacea. Y el Sr. Ministro, malintencionadamente según algunos, abrió su cuenta en tierra firme, con lo que escapaba por completo al modesto brazo de la ley del pequeño y paupérrimo principado insular.

El otro problema fue aun más grave. Todos los honkoneses que llegaron a los diversos aeropuertos de la UE fueron devueltos a su lugar de origen, lo que hizo abrigar en sus amarillos corazones gran resentimiento contra Su Carisma, al que juzgaron autor del timo. Al día de hoy el Ministro de Asuntos Exteriores aún no se presenta a dar una explicación satisfactoria sobre el destino de los fondos (se dice que vendió cerca de diez mil pasaportes) y dilata día tras día su comparecencia ante el Gran Colegio Ejecutivo y Represor de Sealand, presidido por Su Carisma e integrado por su Donosura (la esposa del Príncipe). Se encuentra disponible el cargo de Secretario de Actas y, he aquí, ya le estoy anunciando, amigo Oliveira, una de las posibilidades laborales que el Principado ofrece. Sobre la manera de remunerarlo y de otras plazas disponibles, me explayo más adelante.
Pero bueno, volviendo al enojoso asunto de los pasaportes, sucedió que muchos de aquellos honkoneses, aunque tardaron, regresaron al fin a Europa y juraron cobrarse venganza. Desde luego, no todos los orientales son expertos en artes marciales, pero un buen número de ellos no temen en hacer saber a patadas su disconformidad, cuando la severidad del asunto así lo exige. Y eso fue, precisamente, lo que le ocurrió a Su Carisma, cuando un día, paseando de civil y surtiéndose de verduras y ojalá de algún trozo de carne en un mercado de Essex, todo dentro de lo que le permitían sus escasos recursos, fue reconocido por uno de sus súbditos chinos cuando intentó comprarle dos ejemplares de jurel. El honkonés empezó a hacer alharaca y al punto acudieron varios de sus compañeros, dispersos en aquel mercado, y se congregaron en círculo, rodeando a Su Carisma, para escuchar una especie de arenga del agitador, al parecer en cantonés y, mientras avanzaba el discurso, los súbditos mostraban algo así como odio en sus semblantes, de común inescrutables. Si en estos rostros insondables era posible ahora notar ese tipo de emoción, pensó Su Carisma, era porque la animadversión que les provocaba su persona era suma, de manera que, temiendo por su vida, negoció en el acto valiéndose de los conocimientos de mandarín que adquirió cuando sirvió para Su Majestad Británica en la guerra de Corea (en otro tiempo Su Carisma fue súbdito de aquella monarca). Es un secreto a voces en el Principado que Su Carisma no es un buen negociador -se aduce como prueba el poco tino observado para nombrar a su antiguo Ministro de Exteriores-, de modo que en esta ocasión la negociación comprometió, quizá decididamente y para siempre, el carácter europeo de su Principado. Su Carisma firmó "un papel", según sus propias palabras, redactado en mandarín, que aseguraba el derecho de estos súbditos honkoneses no sólo a residir en el Principado, sino a traer a todas sus familias, incluso cuando residiesen en China continental, más un cupo adicional para cada súbdito de cincuenta plazas, a todos quienes se les surtiría de los respectivos pasaportes. Se aseguraba, por último, que los súbditos firmantes del acuerdo podrían vender estos pasaportes extranumerarios e, incluso, adoptando el título de "Tutor", establecer un régimen tributario unipersonal especial para los adquirentes. Posteriormente y ya redactado el documento, se borroneó donde decía "adquirentes de los pasaportes" y se cambió por "nuevos súbditos y ciudadanos", ello por recomendación de un abogado ad honorem que en aquel tiempo servía a Su Carisma, quien al teléfono desde Bruselas informó que la redacción primitiva no franquearía jamás el ingreso del Principado a la UE e, incluso, podría significar algún tipo de persecución judicial. Por el mismo motivo se tachó la frase que, según el entendimiento del mandarín del que hace alarde Su Carisma, habría dicho algo así como que los nuevos súbditos, en retribución de su nuevo pasaporte y condición de ciudadano para-europeo, prometían prestar servicios personales a su tutor por el tiempo de veinte años, sin derecho a contraprestación o remuneración algunos, renunciando a todo tipo de reclamación si, ante el intento de eludir esta fundamental obligación, su tutor decidiere aplicar una fuerza proporcionada para asegurar, con grilletes, cadenas y otras prisiones, la persona del súbdito desobediente.

Pues bien, amigo Oliveira, decíamos que el cargo de secretario de actas del Gran Colegio Ejecutivo y Represor del Principado se encuentra vacante, y Su Carisma, aquejado por una severa artritis, agravada por la borrasca permanente del Mar del Norte, ya no puede por sí mismo labrar actas en su vieja Underwood. Se impone dar un salto a la modernidad, aunque no sea más que a una Olivetti de los 60', asunto en el cual Ud. podría terciar. El Príncipe, agobiado por las deudas y su mala salud, ha puesto en venta diversos títulos nobiliarios, pero le falta capital: Los títulos habrán de ser impresos de alguna forma. Talvez si Ud. contribuyere con una pequeña cantidad, suficiente para mandar a imprimir un ciento de títulos nobiliarios más lo necesario para insertar un pequeño aviso en El Mercurio dominical, en ABC, The Times y otros medios con llegada segura al público objetivo previsto para este emprendimiento; Su Carisma estaría dispuesto a aceptar el establecimiento de relaciones consulares con Chile y Ud. podría granjearse el cargo. Es más, atendida la extrema necesidad que hoy aqueja a nuestro Príncipe, creo no exagerar si digo que el trámite de establecer relaciones a nivel de consulado con Chile puede ser pasado por alto, de modo que Ud., si contribuye de la manera que le estoy diciendo, podría entrar a servir desde ya el cargo de Cónsul. Como podrá ver, el costo del emprendimiento es sensiblemente menor al de la adquisición de una patente consular y, una vez posesionado, puede dedicarse a urdir nuevos negocios y servicios, no sólo para ofrecer a nuestros connacionales, sino al público en general; como, por ejemplo, retomar el asunto del domicilio de compañías de papel, cuentas bancarias virtuales, administración hotelera para cobijar a incautos visitantes ocasionales, defensa del territorio, etc.

No me explayo más porque Su Carisma me pidió publicar una semblanza laudatoria y hasta el momento no ha hecho el depósito convenido en mi cuenta. Ya idearé una forma de cobrarme.

Lo saluda attsmo. s.s.s.,

Eleuterio Gálvez."

lunes, 1 de enero de 2007

Llegada de Alberto


Llegué al aeropuerto casi a las tres de la tarde. Pregunté en el mostrador de Aerolíneas Argentinas y supe que el avión que traía a Alberto llegó puntualmente, a las dos.
¿Qué hacer? Alberto tenía mi número de teléfono y sin duda llamaría al hotel al no encontrarme. Mientras recorría el terminal en su busca pensaba en qué tan difícil me sería salir del país. El Dr. Justiniano había recuperado el maletín, sustrayéndomelo, y resultaba que eran dos los sujetos que respondían a ese nombre: el fiscal que me interrogó y el colega de la Lcda. Peredo, quien me había sido presentado en el karaoke. Había escuchado, también, que el actual poseedor del maletín quería negociar. De algún modo, pensaba, si ya no tenía el maletín, era un hecho que en adelante mi captura sólo podría estar motivada por la necesidad de no dejar testigos.
Llamé al hotel. Efectivamente, Alberto había llamado hacía un rato preguntando por mí y su mensaje fue que me esperaría en el aeropuerto. Sólo me quedaba continuar buscándolo, tarea no del todo asequible pese a las dimensiones relativamente reducidas del terminal. No dejaba de pensar en que mis captores bien pudieron seguirme. Sabía que no necesitaba permiso especial alguno para salir del país y me acerqué al mostrador de mi aerolínea. Era factible cambiar mi pasaje de regreso para el siguiente vuelo a Santiago, al día siguiente en la mañana. Eso era muy tarde. Pregunté por el vuelo más próximo fuera del país. Sólo había uno a Sao Paulo dentro de tres horas. Acaricié esa posibilidad y me aboqué por última vez a buscar a Alberto. Llamé nuevamente al hotel. Supe que un par de policías estaban, en ese momento, preguntando por mí. Me indicaron que le pasarían la bocina a uno de ellos. Quise cortar, pero quedé estático. “Doctor, estamos queriendo hablar con Ud. de parte de la Licenciada Peredo”, dijo uno de ellos; “dice que por favor vaya a visitarla, está internada en Palmasola, ¿sabe llegar?”
Agradecí el mensaje y corté. Pensé que el dependiente del hotel ya habría informado a esos policías que yo me encontraba en el aeropuerto y me inquieté. me acerqué otra vez al mesón de Aerolíneas, preguntando por Alberto. “Su amigo ha estado todo este tiempo esperándolo”, me dijo una guapa aeromoza, “está ahí sentado enfrente”.
Dirigí la mirada en la dirección indicada: un par de mesitas y sillas junto a una máquina expendedora de bebidas. Ahí estaba, efectivamente, Alberto. Bebía un café y parecía distraído, un poco más canoso, bien vestido, barba bien recortada, de gafas oscuras. Sin duda, mi amigo seguía vigente en el mundo a veces brusco de las investigaciones privadas. “¡Alberto!”, le grité.
Alberto se puso de pie, sin mirarme, y sonrió. Comenzó a avanzar entre la gente, directo hacia mí, dando golpecitos con una especie de varilla a cada lado y a cada paso. A medida que avanzaba lo noté con claridad: mi amigo sostenía en su mano derecha un bastón retráctil. Estaba ciego.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Los Médicos Apaches


Hoy debo dejar el departamento. El arrendatario llegará a mediodía y sigo esperando una nueva destinación. Me seduce el ofrecimiento del Licenciado Adulón para hacerme cargo de este nuevo emprendimiento; me refiero al asunto de certificación de calidad. Sé que mi amigo no es del todo confiable, pero quiero creer -siempre he preferido obrar así- que sus incumplimientos o inexactitudes se deben a una mala planificación, a la mala suerte, nunca a la mala intención.
Dejo el departamento, que entregué en arriendo amoblado, y camino sin rumbo. Mi equipaje queda en custodia en el terminal rodoviario, y no por mera convención: una ciática me impide seguir caminando con la maletota, aunque tenga ruedas. Pienso que, talvez, me haría bien una sesión de baño turco. Busco un local que vi en el centro, en una galería apartada, pero no logro dar con él. En vez, doy con un sitio con aspecto de consulta dental, presidido por el siguiente letrero: "Médicos Apaches del Amazonas". No sé por qué, entro. El local está repleto de gente modesta. Una dependienta repara, supongo, en mi vestimenta -suelo vestir de traje y corbata, con prendedor de perla- y me hace pasar de inmediato. Me recibe un tipo que dice ser colombiano, habla como cubano y es, con seguridad, chileno. Viste delantal de médico, aunque con multitud de pulseras, esclavas y anillos de oro. Me ofrece asiento, me hace servir un café humeante que bebo sin remilgos y trabamos amena charla o, más bien, me avengo a escuchar una divertida declaración de principios de la galénica alternativa apache, "lo que pasa es que, antiguamente, los apaches bebieron de la fuente de la sabiduría de las tribus amazónicas", me explica. Le pregunto si no le parece un poco difícil que, mediando tamaña distancia, esos dos pueblos hayan tenido contacto. No me entiende exactamente y se lo explico utilizando como unidad de medida las jornadas de viaje a pie que, supongo, tomaría desplazarse desde cualquier punto del Amazonas a cualquier sitio de Norteamérica. "Ah, eso está fuera del entendimiento occidental", contesta; "es sólo cuestión de fe", agrega. Acto seguido da por terminada la charla y me pide una colaboración, "yo no cobro, es para la obra", me aclara. "Lo que pasa es que tú tienes mucha pesadumbre sobre los hombros y debes a-li-via-nar esa carga. Y yo creo que es el dinero lo que te pesa. Sí, te pesa porque lo has convertido en un ídolo, como hacen tantos otros. Pero aquí no cobramos, porque todo lo que nos dan, cuando tú nos das, todo ese poco dinero que recogemos, es un mero instrumento, para engrandecer la obra; y la obra ha seguido creciendo y tenemos un templo en Recoleta. Quiero invitarte, hermano, porque nosotros ahora somos cristianos..."

Entonces recordé una noticia leída días atrás. Se trata de una iglesia organizada por un "obispo" que reclutó casi exclusivamente a jubilados y a varios de ellos los convenció de hipotecar sus casas para engrandecer la obra. Tiempo después comenzaron los desalojos judiciales y la indignación cundió. Solía hablar, el obispo, de las "palomas de la paz", refiriéndose a cada uno de sus cooperantes hipotecarios, que con su testimonio de desprendimiento llevaban la palabra al círculo de sus amigos y familiares, pero lo cierto es que tanta ave vilipendiada se transformó en una estiercolera de demandas y querellas. Le pregunto si él es el obispo. "No", me dice, "lamentablemente nuestro hermano ha tenido que pasar a la clandestinidad, pero la palabra sigue escuchándose, clara y fuerte, en nuestro programa radial", agrega, mientras me señala la ubicación en el dial, escrita en un calendario de bolsilo que me regala, con la imagen de un Cristo con atuendos originalísimos; "la palabra nos llega semanalmente en un cassette y por supuesto que no sabemos dónde está nuestro hermano; y es mejor así, porque las leyes de los hombres no sabrían, no podrían entenderlo. Nosotros respondemos ante Dios, porque la ley de Dios es la que nos rige, no la de los hombres".

Abandono el local sin pesadumbre; en realidad, olvido por momentos mis preocupaciones y no puedo evitar sonreír. No puedo dejar de pensar en el Licenciado Adulón, que de buen grado abriría una sucursal de esta iglesia en su país. Se me escapa una carcajada que resuena en la galería, semivacía a esa hora, con sus peluquerías y tiendas de bisutería.

Entro a almorzar en un barcito de bajo, de bajísmo precio. Por la radio AM de la cajera se escucha con suficiente nitidez: "Queridos hermanos, desde la clandestinidad y porque no tememos en presentar cara ante Dios, les habla..."

domingo, 17 de diciembre de 2006

Mi Amigo el Policía

El auto era pequeño. Las ventanas eran tan oscuras que, con seguridad, nadie nos veía desde el exterior. Nadie, tampoco, se aventuraba por ahí, salvo algunos campesinos que esporádicamente pasaban, un par de ellos portando pancartas, dirigiéndose, al parecer, a una concentración en el Parque Urbano.

El tipo de la casaca amarilla era, sin duda, el jefe. Rubicundo y de acento camba, no era ni necesitó nunca ser policía. Los demás, meros ganapanes de uniforme, más bien collas.

-Queremos el maletín- fue todo lo que dijo.

-No lo tengo, me lo han robado- respondí.

-Por última vez: ¿dónde está el maletín?- repitió.

Cuando se está entre dos tipos, en el asiento trasero de un auto, la propia vulnerabilidad alcanza grado sumo. Lo aprendí aquella vez, cuando contesté:

-Ya dije que no lo tengo. Alguien me lo sustrajo anoche.

El jefe me dio un golpe de puño, mientras mis dos acompañantes me sujetaban de los brazos y comenzaron a darme codazos aleves, hasta que uno de ellos terminó apoyando el caño de un arma en mi costado.

-Por favor... créanme-, alcancé a decir, con el clásico sangrado de narices que a uno lo aqueja en estos casos.

La montonera de golpes sólo igualó en intensidad a la de improperios. Mis quejidos y ruegos, en cambio, sólo eran notas decorativas, agudas campanillas en el tráfago de sonidos sordos y feroces.

-Doctor, es mejor que hable- intervino el policía al volante. –No es bueno para su salud, ni tampoco para la nuestra, que todos tenemos familia y después uno llega a casa tenso y enojado por estas dificultades. Aliviánenos la carga y ayúdenos a hacer patria. Ya le dije: yo soy responsable por Usted.

En ese instante llamaron al celular del jefe. El tono de llamada era plácido, de un bibliotecario que desea no molestar a los lectores cuando lo llama su madre. El tipo contestó de inmediato. Dijo un par de frases y cortó.

-Tienen el maletín. Quieren negociar.- dijo.

-¿Estás seguro?- preguntó el policía.

-Sí. Es el Dr. Justiniano. Dice que lo recuperó mientras este tipo -me indicó con un ademán-
salió a emborracharse anoche.
Oí un click, como de bala pasada y dispuse mentalmente de mis últimos segundos de vida.

-No, dentro del auto no, luego no hay cómo sacar los restos de pólvora. No le demos argumentos al Dr. Justiniano. Sáquenlo.- dijo el jefe.

Mis dos acompañantes me invitaron a descender del vehículo.

-Déjenlo que corra y le dan.- agregó el mandamás cuando ya habíamos descendido. Cada uno de mis custodios me sostenía de un brazo. Pasaba entonces un par de campesinos. Un camión cargado de gente rumbo a la concentración se detuvo a pocos metros de nosotros para recogerlos.

Entonces, decidí hacer algo, no sabía exactamente qué o, más bien, cómo. Debía golpear a uno de mis custodios. Lo hice. El otro desenfundó con la mano libre y escuché un disparo, no supe de quién. Me zafé y corrí. A los pocos pasos tropecé. Los campesinos se alarmaron y, tras el primer estupor, se abalanzaron contra mis custodios, juzgándome, como era obvio,
el más débil. Así funcionan las masas, habría pensado, si hubiese sido un tranquilo espectador, pero mis urgencias eran otras. Me puse de pie y seguí corriendo. Escuché ruido de parabrisas trizados y de puntapiés hundiendo carrocerías, junto a varios disparos. Media cuadra más adelante, volteé y vi cómo el auto de mis captores retrocedía a toda velocidad, mientras uno de sus ocupantes arrojaba una bomba de humo. Corrí otro poco, con la abierta resolución de salir del país de inmediato. Ya podría explicarle todo a mi amigo Alberto, que en ese instante estaría arribando desde Buenos Aires. Estaba agitado. Encontré un taxi.

-Al aeropuerto Viru Viru.- pedí al chofer.


domingo, 10 de diciembre de 2006

El Maletín











Sólo el recuerdo de las peripecias en que me envolvió el asesinato del Dr. Vaca Díez logra sacarme de mi preocupación actual: como ya saben, di en arriendo mi departamento; pero, como era de suponer, no hay novedad alguna con mi regreso a Zamboanga o con alguna nueva destinación. Ahora bien, pasados todos estos años, resultará evidente para ustedes que zafé del asunto de la desaparición del Dr. Vaca Díez, en aquella ocasión, y que, en esa ocasión, pude retomar a tiempo mi puesto en Filipinas, antes que se declarase su vacancia; y si entonces pude, pienso: ¿por qué ahora no puedo reasumir mi puesto, si no hay, siquiera, un cadáver de por medio?
Fueron más de dos, varios más de dos, los whiskys que me invitó el Licenciado Adulón, pagados por él esta vez. Dudaba si contarle o no de mis preocupaciones, pues entonces no era, ni aún lo es, de mi absoluta confianza. Cómo decirlo: es leal, pero se distrae fácilmente. Esa noche, en el bar de Los Tajibos, se largó con un discurso sobre la amistad, los negocios y sus dificultades, de cómo más importante que tener plata (y en esto ponía mucho énfasis) es tener amigos; y él me consideraba su amigo en todo sentido. Así siguió discurseando y asentía, yo, mientras empezaba a sonreírle a una rubia delgada y a la vez untuosa, pasada por lo andino, como diría una amiga, que sentada en la mesa contigua me coqueteaba abiertamente, tan graciosa, con su vestido turquesa de raso, con ropa interior asomante, al tono. Estaba acompañada de un hombre que era su hermano, me dijo, de visita en Santa Cruz. No supe si eran sus curvas o el whisky, pero me embriagué con resolución. Bailamos, creo, y nos reímos, afirmo, y malamente recuerdo que montamos ella y yo, sin su hermano, en el 4x4 del Licenciado, quien también estaba acompañado por otra chica, parece, que no sé de dónde salió, aseguro. Pese a que intento un riguroso recuento de los hechos, sólo recuerdo o imagino unos besos y caricias algo gruesas.
Aquella noche, ya de madrugada, fui devuelto, me parece, como una imagen milagrera a mi hotel; esto es, en andas, que por mis propios medios no era capaz, sigo queriendo recordar, de actividad locomotora alguna.
El teléfono sóno un par de veces y, pese al yunque que creí tener sobe el cráneo, contesté, recordando de súbito mi situación policial. Era el fiscal. Enviaría por mí en media hora para "conversar", pidiéndome que reconociera algunas pertenencias del Dr. Vaca Díez. "Yo apenas lo conocí", intenté, pero el fiscal cortó. Colgué el tubo del teléfono y entonces vi el cenicero con colillas manchadas de lápiz labial... ¡el maletín!
Me incorporé y ni caso hice al dolor de cabeza. Bajo la cama, en el baño, no estaba. En el closet. En el frigobar. Fue inútil. Recordé el auto de la Licenciada. Aunque improbable, revisé la posibilidad de que lo hubiese guardado de nuevo en la baulera. Había dejado el auto, el día anterior, en el estacionamiento de mi hotel. Bajé. La baulera estaba forzada, la cerradura destrozada. No estaba, obviamente, el maletín. No me atreví a preguntar al personal del hotel. Me atreví, apenas, a asomarme a la calle. Los policías que la noche anterior aún estaban, cuando salimos con el Licenciado Adulón, ahora no estaban. En cambio, estaba otro vehículo policial, a bocajarro.

-Dr. Gálvez, vengo a recogerlo-. Era el mismo policía que me había entregado el día anterior el papel de parte de la Licenciada. No venía solo. Lo acompañaba un tipo vestido de civil, de llamativa casaca amarilla, que no me miró ni habló en todo el viaje.

El fiscal, apellidado Justiniano, me recibió sin levantarse. Observaba unas fotos de un cadáver semidesnudo. Se demoró. Yo seguía de pie. Sólo al rato me las alcanzó. Eran del Dr. Vaca Díez.

-Tiene heridas cortopunzantes. Este escalpelo estaba junto al cuerpo- dijo. Me mostró un utensilio reluciente, con manchas color sangre seca. -El forense dice que con esto lo ultimaron. Parece que pertenecía al occiso, pero no hemos encontrado su maletín, ¿qué le parece?

Asentí, no sé por qué.

-Usted es amigo de la Licenciada Peredo, ¿verdad? Entiendo que la noche del homicidio se fueron juntos del karaoke- continuó, mientras revisaba otros papeles.

-Sí, somos amigos, aunque desde hace muy poco, pero ahora somos...- deploré mi ocurrencia al mismo tiempo que la pronunciaba y me detuve.

-Lo escucho, Dr.

-Bueno, ahora somos... sí..., amigos.

-Ah, muy bien. ¿Quién cree Ud. que pudo querer matar al Dr. Vaca Díez?

-No tengo la menor idea, la verdad, sólo lo conocí aquella noche y sé que era cirujano plástico.

El fiscal levantó la vista.

-¿Cirujano plástico? El Dr. Vaca Díez era oftalmólogo. Un conocido oftalmólogo.

-No sé... yo conversé con él y me comentó que lo suyo eran los implantes mamarios- el fiscal me miraba entre divertido e incrédulo.

Pasó un rato, corto pero demasiado largo para quien está de pie, con una foto de un cadáver en la mano, en suelo extranjero, intentando sostener la mirada de un fiscal, sentado, quien sostiene, en su mano, un escalpelo tan directamente conectado con el sujeto cuyo retrato ensangrentado yo sostenía en la mía. Finalmente sonó su celular y el tipo salió para contestar. Largo rato después, vino el policía que me había traído, me informó que podía irme y ofreció llevarme de vuelta al hotel.

-No, muchas gracias- dije mientras avanzaba hacia la calle, recordando que debía recoger a Alberto en el aeropuerto, donde no quería llegar con custodios uniformados.

-Insisto, Doctor. Yo soy responsable por Ud.- dijo el policía.
No tuve opción. Me invitó a subir a un auto blanco, con las ventanas polarizadas. No parecía un vehículo policial. Me senté en el asiento trasero y entonces vi al tipo de la casaca amarilla en el asiento del copiloto. Sendos policías entraron, por cada una de las puertas traseras, con deliberada brusquedad y quedé en medio de ambos. El auto partió y enfilamos por una polvorienta avenida, en una zona poco transitada, de galpones y sitios eriazos. Muy pronto se detuvo. Entonces el tipo de la casaca se volteó.

-Ahora vamos a conversar- dijo.

sábado, 9 de diciembre de 2006

Buscando Ayuda


Esa mañana, luego de chequear mi identidad, los policías habían decidido, de momento, excluirme de sus indagaciones. Conseguí algo de ropa y chocolates para la Licenciada y la visité en la comisaría de la Policía Técnica Judicial (PTJ). Vestía aún su gran bata púrpura y contestaba con desdén a las indicaciones del comisario.
-Es importante mantenerse tranquilo-, me dijo al oído mientras le besaba la mejilla.
-Sí, pronto saldrás de esto- contesté.
-No. Me refiero a otra cosa. Luego te explico.
En ese momento entraba el fiscal, Justiniano se apellidaba y rápidamente ordenó mi salida y la de otros visitantes. Un policía me entregó un papel, "de parte de la Licenciada", me dijo, sin dejar de escrutarme y tardando más de la cuenta en la breve acción. Por fin soltó el papel y lo guardé, lo más rápido que pude, maldoblándolo. El crepitar hizo levantar los ojos al fiscal. También me miró la licenciada. Me sonrió. Salí.
Mi corazón se desaceleró sólo después de la segunda cerveza, en un chiringuito a tres cuadras de la PTJ. No me atrevía a mirar el papelito. Me atreví. "El maletín del Dr. Vaca Díez está en la baulera de mi auto", decía escuetamente.
¿Qué hacer? ¿Qué quería la Licenciada que yo hiciera?
Como autómata entré al estacionamiento del motel, donde aún estaba su auto. El encargado me entregó las llaves sin preguntas.
El auto era un "transformer", importado desde Japón con poco uso, con el volante a la derecha de fábrica y cambiado a la izquierda junto con los pedales, de manera artesanal. Por este motivo, los marcadores quedaban frente al copiloto y cuando la Licenciada había querido revisar el combustible a la salida del karaoke, apoyando su mano en mi pierna para observar mejor el marcador, no pude evitar imaginar que se aplicaría a una fellatio sin preámbulos. No fue así.
Salí raudo, y me estacioné en las cercanías. El maletín del Dr. Vaca Díez sólo tenía implementos propios de su profesión. Estaba desconcertado. Revisé nuevamente el papelito y reparé en un doblez. "Si no podés, por favor buscá un especialista", decía.
No conocía prácticamente a nadie y la Licenciada, según el telediario, había sido formalizada por homicidio esa misma mañana. Se mencionaba que fue detenida en compañía de un extranjero, a quien, por ahora, no se identificaba.
Encerrado en mi habitación, trataba de pensar. Me sobresaltó el teléfono. Era el Licenciado Adulón invitándome a unos whiskys.
-No tomes a mal nuestra conversación de anoche, hermano, nadie quiso ofender a nadie; son cosas de hombres.
No quise que el Licenciado sospechara y acepté. Me recogería en mi hotel a las nueve de la noche. Antes, debía encontrar ayuda, algún especialista, como decía la Licenciada o, por lo menos, alguien de mi absoluta confianza. Revisé concienzudamente mi arrugada agenda, aumentada con innumerables sobres y papelitos y al fin lo encontré. "Alberto Santoro, investigaciones privadas" rezaba su tarjeta, junto a un número telefónico en Buenos Aires. Disqué de inmediato.
Conocí a Alberto en Santa María, mi primera destinación consular. Un poco mayor que yo, era liquidador de seguros de la marina mercante, "si se te pudre el cargamento de bananas, yo puedo determinar cómo y cuándo falló el equipo de frío, si fue accidental o por negligencia del encargado", se ufanaba. "Las bananas deben mantenerse entre 11 y 14 grados celsius", agregaba. Cuando se retiró, abrió su oficina de investigador privado, con algún éxito.
Al primer intento, nadie contestó. Me intranquilicé y miré por la ventana, a la calle. Frente al hotel estaba estacionada una patrullera y dos policías conversaban. ¿Tal vez la Licenciada se hizo acompañar deliberadamente por mí para luego culparme? ¿Qué podría significar, o que podría contener el maletín del Dr. Vaca Díez? Estaba perdido.
Volví a discar y al tercer intento me contestó una voz recia, de malevo porteño. Era Alberto y me reconoció de inmediato. "Necesito tu ayuda", clamé.
Me explicó que ya estaba retirado, que estaba enfermo y que cuando pasara por Buenos Aires lo visitara. "Alberto, si no me ayudas, es probable que no salga de Santa Cruz en por lo menos veinte años", insistí.
Le expliqué la gravedad de la (mi) situación y al fin accedió. Quise hablarle de sus honorarios y me interrumpió, "si salís de ésta, me pagás", se rió. Quise reírme.
Alberto llegaría en Aerolíneas Argentinas al día siguiente, a las dos de la tarde.
Fuertes golpes a la puerta me sobresaltaron y tropecé. Eché de menos el papelito. ¿dónde estaba? ¿en mi bolsillo, en la mesa de noche, dónde? Lo busqué frenéticamente, en vano.
-Abre, cabrón-, escuché la inoportuna voz del Licenciado Adulón.

jueves, 16 de noviembre de 2006

El Crimen


La Licenciada Peredo era muy conocida en aquel karaoke del Segundo Anillo. Se sentaba a la mesa, luego se levantaba a saludar un par de mesas más alla, brindaba con los dueños, volvía. A cada uno de sus acompañantes nos dedicaba un par de minutos y su sonrisa. Era toda vitalidad y sus cuatro acompañantes sabíamos que, cuando abandonaba la mesa, a su regreso el turno era para otro de nosotros, quien en los próximos dos minutos podía captar totalmente su atención. Como recensión, transcurrido ese breve lapso, la Licenciada sonreía y cambiaba de tema. Nos contaba historias y anécdotas del rubro farmacéutico que, increíblemente, resultaban tener gracia, como la de aquel diputado que entró a comprar un potente fungicida y fue reconocido por todo el mundo, pese a usar anteojos oscuros. Claro, era de noche y fue precisamente eso lo que llamó la atención. Al día siguiente, nos contaba, se especulaba en la primera página de "El Deber" que este diputado padecería una grave enfermedad contagiosa y su asesor de prensa debió achacarle la enfermedad a su suegro quien, al no haber sido consultado y militando en otro partido, y pese a vivir en el exterior, fue contactado por un canal de televisión y se expidió, digamos, con vehemencia en contra de su yerno, lo que obligó a su vez al diputado aludido a acudir a su asesor, nuevamente, esta vez para reconocer su error, dando parte de enfermo e indicando que por prescripción médica descansaría en su finca un par de meses.

La Licenciada intercalaba comentarios a guisa de presentaciones entre sus acompañantes, quienes, me dio la impresión, éramos todos desconocidos entre nosotros. Uno de ellos era su socio y pariente, el Licenciado Peredo; el otro, el Dr. Justiniano, químico-farmacéutico y miembro, al igual que ella, del Directorio de la Asociación Farmacéutica. Por último, un tipo que parecía ser un amigo aventajado de la Licenciada, que se presentó como Dr. Vaca Díez, cirujano plástico.

Cuatro varones, sentados a la mesa presidida y dirigida por la Licenciada Peredo.

En cierto momento comenzó el baile, con orquesta y todo. En una gran mesa del otro extremo había un grupo ruidoso, al parecer de argentinos. Alguno de ellos pidió un tango y aproveché para invitar a la Licenciada a la pista. "Yo no bailo, gracias", me acarició con su sonrisa. Me volví a sentar. Una pareja de aquella gran mesa se lucía bailando, de un modo que parecía profesional. Había poca luz, pero en un instante pude verles el rostro a ambos y me parecieron conocidos. Creí que talvez los pude haber visto en un espectáculo de danza, especialmente a ella y sus ojos, en Buenos Aires o Madrid. No sé. A veces falla la memoria, pero una mirada queda grabada como un tatuaje.

En nuestra mesa avanzaba la alegría y poco a poco noté que la Licenciada me dedicaba más miradas. "Nos vamos" dijo bien pronto, al tiempo que se levantaba. Su socio le ofreció llevarla y yo atiné a despedirme. "No, vos te vas conmigo", me dijo, dando besos volados de despedida a los demás.

Cuatro varones acompañamos, esa noche, a la Licenciada Peredo y sólo yo, esa noche, gocé de sus favores. Con pericia condujo a velocidad sideral, riéndose al cruzar con semáforos en rojo y pasando en frente de unos policías de talante no muy convincente que, a decir, verdad, dudo que nos vieran.

Estacionó, porque no entró, sino que la Licenciada Peredo estacionó directamente en un motel, luego de trasponer la entrada sin reducción de velocidad alguna, francamente con escándalo y, además, con mucho peligro para cualquier peatón que se aventurase en aquel momento por ahí. El estacionamiento, individual, conectaba directamente con una suite en la planta alta, y hasta ahí subimos, yo de la mano de la Licenciada, agitado no sé si por la velocidad de nuestra llegada o por el pronóstico de abundancia que se me ofrecía.



No sin esfuerzo la amé, esa primera noche, aunque con gusto, además de muchas otras noches, en que también la amé intentando que fuese con ternura, pero la Licenciada daba al tacho con mis gestos tiernos y se hacía amar vigorosamente. Pocas veces me besó o se dejó besar; lo suyo era las ganas de vivir con un ardor juvenil inacabable y casi siempre me tocó secundarla en el camino hacia el lecho, siempre dirigido de la mano por ella, incapaz de ajustarme, yo, al ritmo de su iniciativa y de resignarse, ella, al ritmo de la mía.

Aquella noche, acabada la apoteosis, me sumergí en un sueño profundo.
Cuando amanecía, desperezamos con golpes a la puerta. La Licenciada, con toda la iniciativa que siempre la caracterizó, se adelantó, cubierta de su gran bata púrpura y abrió sin más. Yo miraba prudente y púdicamente en un segundo o quizá tercer plano...

-El doctor Vaca Díez está muerto...-, recitó el policía. -Lo siento, Licenciada, queda detenida- completó.

Sobresaltos de un Tasador

No hay esperanzas. El legajo con la apelación a mi salida forzada del Cuerpo Consular se extravió y no hay, me entero, respaldo informático. Habrá que ingeniárselas al modo antiguo. "Más discurre un hambriento que cien letrados" dice un sabio nacional, reconocido por sus máximas que ayudan a enfrentar el frío estival costero. Veremos.
Encontré un empleo. Temporal. Le entregué el departamento en arriendo a una Corredora para quien trabajé un verano, muchos años atrás. En aquel tiempo juzgué oportuno seguir un curso de tasación de inmuebles y ahora, pese a haber olvidado hasta lo elemental, me han pedido que practique un par de tasaciones complejas.
La primera es una gran, gran casa en Lo Curro, con cava de vinos subterránea, escondida en su bosquecillo privado, que me superó; valdría, supongamos, una millonada, y así lo consigné. "Dos millonadas, como mínimo", corrigió el dueño.
Me despedí y caminé once cuadras para tomar transporte público de regreso, pese a que la casa (lo sé porque así lo consigné en el informe) se sitúa en el área urbana de Santiago. Los jardineros y empleadas domésticas que a esa misma hora estaban de salida fueron mis compañeros de viaje y me resigné a disfrutar de la selección melódica del chofer, que nos regaló cumbias y baladas (así les llaman).
La segunda es una casona donde funciona una pequeña clínica siquiátrica, cerca de Plaza Ñuñoa. Me recibió el Director y me condujo a la Sala de Espejos. Saludé a algunos médicos y enfermeros y trabamos amena charla sobre distintas clases de cigarrillos (de entrada uno de ellos me pidió que le convidase, pero ya no fumo; me extrañó la petición, tratándose de un establecimiento de esta clase).
-¿Quién autorizó esto?- irrumpió con acritud un sujeto que parecía embelesado con su propio porte y cargo.
Desconcertado, pregunté con la mirada a mis contertulios si se trataba de un paciente suelto, pero todos se pusieron de pie y salieron en silencio. Momentos después entró quien yo creía el Director y el Embelesado lo recriminó, le espetó que su condición de ayudante es un privilegio y que no se extralimite; de lo contrario, no se le permitirá la entrada al sector de oficinas, debiendo permanecer para siempre en el pabellón. "Para siempre", le repitió, clavándole el pulgar en el pecho.
Por supuesto me presenté y el Embelesado, ahora devenido en malagestado, me indicó rápidamente la disposición general del inmueble, mostrándome un plano fijado a una pared; "lo dejo, para que trabaje tranquilo", arguyó.
Estuve un par de horas en el recinto y volví a cruzarme con algunos de los supuestos médicos y enfermeros, pero escondieron la mirada. Conservaba la casona rasgos de un esplendor añejo: puertas de roble, pasamanería de bronce y fierro forjado, especialmente hermosa me pareció la escalera que conducía del hall a la oficina del Director. En fin, terminé mi trabajo y me dispuse a irme.
A la salida me encontré con un guardia distinto del que me recibió; supuse que se produjo un cambio de turno. "Adiós", le dije, caminando resueltamente hacia la puerta.
-Epa-, me dijo el tipo, con uniforme y sombrero estilo guardabosques del Oso Yogui; -a qué hora lo vienen a recoger?-
-Qué recoger ni que nada, me voy solo- respondí ridículamente.
-Aquí ningún interno se manda solo- me dijo.
-Soy el tasador y me voy ahora- dije mientras sacudía vigorosamente una puerta de reja que me separaba del portal, cuyo estruendo me devolvió, si cabe la expresión, una imagen poco digna de mi persona.
El Embelesado, atraído por la algazara, zanjó así la discusión con toda amabilidad: "mire, muéstreme su credencial y se va".
Iba a contestarle que por qué no se iba mejor al regazo de su madre, aunque preferí explicarle que, circunstancialmente, en esa ocasión no portaba credencial alguna. Mis compañeros de charla, los supuestos médicos y enfermeros, terciaron en la discusión y me apoyaron con decisión y, se diría, hasta con bravura, desde que empezaron a arrojarle almohadas y otros objetos un poco más contundentes al Embelesado, quien optó por refugiarse tras el guardabosques. En ese momento se bajó de un taxi un gordo de aspecto simpático, de traje y corbata roja, con nariz al tono. Todos callaron: este sí parecía ser el que manda. Sacó gran llavero, escogió con lentitud las tres llaves necesarias y abrió la reja. Entró, volvió a cerrar, miró los destrozos y dirigió una mirada reprobatoria al Embelesado. Comenzó a subir por la escalera.
El gordo se asía firmemente del pasamanos de bronce y aspiró con dificultad. Subió unos peldaños más y se volteó.
-No los puedo dejar solos ni un rato- regañó.

domingo, 12 de noviembre de 2006

La Licenciada Peredo

En estos trances uno siempre confía en la Providencia. Mi apelación en que pido se revoque mi expulsión del servicio consular aún no ha sido resuelta y, sin embargo, he puesto en alquiler mi departamento, ante la inminencia (así quiero creer) de una nueva destinación, que creo merecida, aunque por ahora resulte un poco esquiva... o talvez mi futuro laboral esté ligado al negocio que me ofrece el Licenciado. Bueno, ya veremos.
Por ahora, debo contarles quién fue la Licenciada Peredo.
Decíamos que cuando llegué al hotel, me encontré con un mensaje de la Licenciada, invitándome a un conocido karaoke del Segundo Anillo. Nos conocimos en el avión de Santiago a Santa Cruz. Ella venía de hacer compras para la cadena de farmacias familiar en laboratorios de Santiago, que son filiales de laboratorios brasileños o mexicanos, que a su vez responden a grandes conglomerados de ignota ubicación. Mi hija me dice que así es la globalización. Bueno. Lo cierto es que la inmensa grupa de la Licenciada ocupaba, además de su asiento, un tercio del mío. Esto me produjo durante todo el viaje una leve molestia, matizada o francamente opuesta a la agitación que su cercanía inevitable me provocaba. Pensé en un momento que sus grandes dimensiones obedecían a alguna causa mórbida, mas pronto despejé la duda cuando, preso de la impaciencia, decidí averiguar de algún modo si el tono muscular de sus posaderas daba cuenta de una rigidez comparable a la que su contacto obligado me provocaba. Pues ocurrió que ella, al dormirse, se arrimó aún más a mi por entonces atlético cuerpo, de modo que, obrando en consonancia, dejé (ella diría, luego, que puse) mi mano sobre mi asiento, pero en franco curso de colisión con sus asentaderas que con voracidad se iban apoderando de cada centímetro de mi sitial. Hasta que el momento llegó. Triunfal y cumplidamente, mi mano quedó como sosteniendo su maciza humanidad que, oh paradoja, surcaba leve en ese instante los cielos del altiplano, tal vez sobrevolando el Uyuni. Actué como una mezcla entre Atlas y Dionisio y pude entonces comprobar cómo no había en aquella porción de su fondillo la más mínima blandura o debilitamiento. No. Era todo de una fibrosidad sorprendente, un paraíso de abundancia y firmeza de carnes como no había conocido. “Es el clima tropical” me explicó, sin más, cuando despertó, sabedora del tenor y objeto de mis averiguaciones, mientras me pasaba su tarjeta y se unía a un grupo de dos o tres amigas para descender juntas del avión, al término del viaje.
Al día siguiente la llamé, sin encontrarla. Pasaron algunos días y, casi olvidado el episodio (mentiría si dijera simplemente “olvidado”), recibí su mensaje al retorno de la visita al predio de Gonzalino.
Un rápido duchazo, perfume, taxi y ahí estaba, frente a un local polifuncional: banco y cervecería en la planta baja y gran karaoke en toda la planta alta.
La Licenciada Peredo, de pie en un bien montado escenario, sólo me miró condescendiente, sin dejar de cantar “Ay, Jalisco, no te Rajes”, con una vitalidad que se constituyó en, otra vez, motivo de sorpresa, mientras giraba hacia otro sector del local donde no pocos asistentes la escuchaban con franca atención.
Con un cerrado aplauso concluyó su interpretación y vino a mi encuentro, resuelta y con gracia. Me saludó afectuosa aunque rápidamente y me llevó de su mano a una mesa cercana. Era, sin duda, grande y resuelta; y aquella noche estaba hermosa.
Cuatro varones y ninguna otra mujer acompañábamos, aquella noche, a la Licenciada Peredo, grande, resuelta y hermosa, en ese conocido karaoke del Segundo Anillo.
(continuará).

lunes, 6 de noviembre de 2006

Palabra(s) del Editor

Anoche encaré a mi editor por dejarme mudo tantos días. No me contestó. Le pedí que por lo menos me entregara una frase, algo para publicar, pero estaba muy ocupado con una chica. Por fin, con gesto huraño y sin mirarme me pasó un papelito que dice así:

"GUÍA PARA LA DETECCIÓN TARDÍA DE CRISIS

Casi todos los grandes poetas murieron antes de los cuarenta años.
Mi futuro: quiero escribir novelas y ya cumplí cuarenta y dos."

Cuando se iba, le pregunté cuándo publicaría; "cuándo publicamos", fueron mis palabras exactas, mientras era arrastrado al interior del ascensor por su acompañante. Se encogió de hombros y cuando las puertas se cerraban dijo, talvez a modo de respuesta: "
mañana".

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Un Fiducio

No consigo todavía una audiencia con mis superiores; simplemente me mandan a decir que el consulado en Zamboanga no va más, que con lo de Cadina casi meto al gobierno en un problema y que no quieren verme.
Analizo las posibilidades. Mis pocos caudales quedaron en un banco filipino, con el que no consigo comunicarme. Repaso la carta del Licenciado. Me cuenta que es representante en Bolivia de una compañía internacional de certificación de calidad, que tiene sede en Santiago. Telefoneo y me lo confirman. Me ofrece, inmerecidamente, encargarme del área de turismo de su empresa, “todo lo que tienes que hacer es viajar por Bolivia y les vas poniendo calificaciones a los hoteles, a las empresas de transporte, a los servicios públicos. Yo estoy en la Gerencia General y no estoy teniendo tiempo para eso, hermano. Necesito alguien de confianza y, sabiendo de tu don de gentes, creo que eres la persona indicada para el cargo”.
Repaso muchas veces la carta, sin decidirme. No dejo de pensar en los dislates de mi amigo, tan inapto para los negocios como yo, aunque, eso sí, harto más audaz. Recordé cómo se hizo socio del colla Gonzalino, sin poner un puto peso de capital. Esa historia continúa así:
Volvimos del campo ya de noche y tuve mi primer disgusto con el Licenciado. Un poco bebido, el licen zigzagueaba de una manera perfecta, lo justo para eludir sin proponérselo los tremendos baches de aquella carretera. Antes de llegar al puente sobre el Río Grande, abundó en argumentos que explicaban por qué su asociación con el colla estaba destinada a convertirlo en un hombe rico.
-Es cuestión de raza, hermano –empezó-. Gonzalino es buena persona, pero hay que ayudarlo, para eso estamos; ya te hablaré de lo que podemos hacer con él y los informáticos. Hay negocios interesantes. Hay que ayudarlo porque él solo no puede, está trabajando con dirigentes originarios que le han echado un ojo a su propiedad. Por suerte acá tenemos también gente de otra formación, personas capaces. Porque tú te fijas, por ejemplo, que en Argentina, la verdad, es que no hay gente inteligente. Son muchos; pero, dime tú, ¿hay algún argentino que se destaque?
-Bueno, está Borges, Cortázar, Sába...
-Pero esos son escritores, hermano -
interrumpió-. Yo te hablo de PENSADORES. Por ejemplo, acá tenemos al Dr. Plinio Correa, que dice cosas muy interesantes, fíjate que él aclara por qué no se puede confiar todavía en los indios...
-Mire, Licenciado. Para empezar, Plínio Correia es brasileño (vivía entonces) y no está muy acreditado como pensador; ¿acaso tiene Ud. familia y propiedad?
-No te entiendo, hermano.
-Bueno, sabrá Ud. que don Plínio creó Fiducia y para ellos es pecado mortal abrirles los ojos a los campesinos, porque pierden su ingenuidad, su pureza original, y terminan alzándose contra su patrón, quien tiene el poder de gobernarlos por mandato divino.
-Fíjate que no lo había pensado así, tan claramente –
dijo-; vaya si ese cabrón es realmente un pensador, ¿no?
-Bueno, licen; para abrazar ese ideario Ud. debe tener, a lo menos, una tradición que defender, familia y propiedad; y, según creo, su familia está en Francia y la única propiedad que hay acá es la de Gonzalino, no vi la inversión de la que Ud. hablaba...
-¿Tú que te crees? –
pareció enfurecerse-. Para que sepas, yo estoy ABRIENDO MERCADOS, para que no sólo se beneficie Gonzalino, sino todos los soyeros del Departamento, y eso me hace un revolucionario, hermano, aunque por ahora no esté trayendo inversión directa, pero eso no es lo importante; le pego un telefonazo a cualquiera de mis amigos banqueros de la Fraternidad y me prestan lo que quiera, pero eso no es lo importante, te insisto. La plata fresca ya vendrá, en su debido momento. Pero te contesto algo que no puedo dejar pasar. Acá tenemos TRADICIÓN, ¿sabes lo que es eso? Es increíble pensar que la tradición hispánica se mantiene en Cochabamba, invariable. Por eso es que hemos sobrevivido pese a la mayoría de indios, no como en Argentina que aunque casi no les queda población autóctona, tienen tanto italiano...
A estas alturas, la conversación del Licenciado zigzagueaba de un modo comparable a su manera de conducir; entraba y salía del asfalto, tocaba y dejaba los temas que le interesaban, el peronismo, Franco, la grandeza hispánica frente a los pueblos originarios y a los italianos, etc.
-Oiga licen –lo interrumpí-, ¿no le parece que no están los tiempos para sostener o siquiera decir eso? Con esas ideas... ¿cómo se mantiene, o se mantenía, en el cuerpo docente de la Universidad de Nanterre?
-Mira, hermano. Uno sólo se da cuenta de estas cosas cuando las vive. Yo no voy a ir a decir esto en Francia, porque me meten preso, o cuando menos me quedo sin empleo, aunque tampoco me interesa, por el momento, retomar actividades académicas tan mal pagadas... pero fíjate tú lo inteligentes que somos, porque esto también te toca, aunque en Chile tienen menos indios, afortunadamente... te decía que ahí tienes el ejemplo de Séneca, el Español, nacido en España sólo sesenta años después de la conquista de Hispania y, sin embargo, escribió toda su obra en latín, alcanzando de inmediato la cumbre en esa lengua; en cambio estos indios, llevamos quinientos años y todavía no hablan castellano, ya ves... te lo digo: la supremacía hispánica es lo que va a salvar a Bolivia...
-Licenciado, si la memoria no me falla, ese Séneca era hijo de un romano, nacido en Roma, valga la precisión. Es obvio que el latín lo aprendió en casa.
-Esas son tonterías, lo importante es que Séneca el Español es el primer gran escritor español, y debemos estar todos orgullosos, yo por lo menos lo estoy y siento que formo parte de ese linaje, hermano, y me da mucha pena que tú no lo sientas así, te lo digo, si no sabes de dónde vienes..., ehh... ¿cómo sigue el refrán?
-Complételo a su gusto
-dije-. Por ejemplo, “el que no sabe de dónde viene, llega igualmente a alguna parte”; pero dígame, ¿y sobre qué escribió este antepasado suyo?
-Este... hermano, no me jodas...
–dijo molesto-. Yo te estoy hablando de algo serio y me desenfocas del tema... el jodido español escribió, y en latín, y eso es lo que importa.... allá tú con tus indios, a ver si llegas a alguna parte con tus cojudeces...
No hablamos el resto del camino. El Licenciado me dejó en mi hotel y me encuentro con un mensaje de la licenciada Peredo. Me espera, dice el papelito, en un conocido karaoke del Segundo Anillo.
(Continuará).

Explico Algunas Cosas ... y también pregunto


Ante las insistentes consultas, quedo obligado a aclarar:
1. No me he apropiado de la foto de Fernando Pessoa; él es sólo uno de mis heterónimos.
2. No es casual la semejanza entre lo que escribo y el estilo de Bryce Echenique: es una imitación deliberada.
3. Entre ires y venires, se me quedó la memoria en algún papel que acabó en el tacho. Tengo que meter varios datos en un currículum y el tiempo apremia; así que pregunto (en realidad la consulta es de mi editor, quien prefiere no aparecer): ¿qué edad me corresponde? Es importante definir este punto, para lo que viene.

Quedo a la espera de vuestra opinión.